Relación entre alimentación y emociones. Sentimos… y comemos!

 In Blog Rocio Martin

Cansada como hoy me encontraba y mientras mentalmente repasaba sobre qué podría escribir, me ha dado por devorar una galleta de chocolate tras otra. Apenas he sido consciente hasta ver el envase vacío completamente, menos mal que no lo hago habitualmente y por ello ni mi peso ni mi salud se resienten. Pero ¿me ha ayudado este rico y poco saludable paquete a erradicar mi cansancio y mi apatía, en definitiva, a sentirme mejor y levantar mi día?    No. Definitivamente.

 

Entre la alimentación y las emociones existe un vínculo muy complejo,  tal es así que se denomina con frecuencia a nuestro intestino como nuestro segundo cerebro. Emociones, ingredientes fundamentales de la vida… “Ya no puedo tragar más…” rechazando algo injusto o ingrato;  “Se me revuelve el estomago” cuando sentimos cólera o asco por algo; “Tengo mariposas en la tripa”  al sentir nerviosismo o ansiedad por algo que estamos deseando que llegue… o que no llegue jamás. Y ¿son solo expresiones? O ¿De verdad pueden afectar a nuestra dieta las emociones?

 

La respiración es el primer vínculo que tenemos con la vida, el alimento el segundo. Si no respiramos no vivimos, si no comemos tampoco. Y la  comida no es sólo comida, es también el medio a través del cual recibimos un alimento imprescindible para el desarrollo de la salud psíquica y emocional en el ser humano, el  alimento afectivo.

Desde el primer día que llegamos a este mundo empezamos a tener nuestras primeras sensaciones placenteras a través de la alimentación. Frente al enojo, la tristeza o el llanto, aparece el pecho de la madre o el biberón. Enlazada al dulzor de la  leche llegan  la ternura y el calor… llega el alivio de la ansiedad y de la tensión que produce el hambre, llega  la  protección y la seguridad, la satisfacción y el amor…Aprendemos a querer a nuestra madre utilizando un lenguaje para comunicarnos con la vida a través del vínculo con la comida. “Aprendemos a comer y aprendemos a amar a la vez.”

 ¿Es entonces, en nuestra infancia, cuándo nos habituamos a asociar determinados alimentos con ciertas emociones?

Ciertamente, por ello hay olores y sabores de comidas que nos devuelven infinidad de recuerdos. Algunos gratos, otros no tanto. A veces basamos nuestras preferencias o aversiones alimentarias según fueron nuestras emociones en el pasado. Por ejemplo, en mi caso personal,  “se me hace la boca agua” ante un bocadillo de embutido, lo asocio al pueblo materno, a las tardes de verano y cada mordisco me devuelve la ternura y el cariño de  mi abuela junto al vínculo emocional que  existía entre nosotras. Así mismo, “me dan verdaderas nauseas” los garbanzos porque los asocio mentalmente a momentos feísimos, como aquel de ser obligada a permanecer sentada un tiempo, para mi interminable, delante del desagradable plato mientras los demás jugaban en el patio.

Pongámonos en cualquier comida que se prepara con tesón para celebrar,  un cumpleaños, un bautizo, una boda,  la Navidad, suele estar asociada en la infancia a una sensación de seguridad y protección importante, cuánto adulto acogedor a quien recurrir… No  falta de nada y  menos que nada comida y alrededor de ella la familia, la compañía y el amor de la gente en quien confiamos.

Hasta en nuestro día a día descansamos y disfrutamos de la convivencia familiar con comida ¿quién no ha visto con su familia o pandilla una película comiendo pizza, refrescos, palomitas y golosinas? Climas  afectivos perfectos y gran cantidad de comida, dulce, grasa y sal  ¿son ingredientes estupendos  para ponerle  “salsa a la vida”?

 

Es observando nuestra niñez, en el placer de nuestra forma de comer, como descubrimos la raíz del comportamiento del adulto al buscar como forma de aliviar su malestar  un “bocado placentero”. Alimento asociado con un instante de la vida en  que se sintió seguro, acompañado y querido como si este pudiera aportar la seguridad que le falta,  llenar un vacío,  proporcionar afecto, contención y consuelo. Como si este alimento pudiese tener efectos mágicos, tener un poder especial como creíamos en la infancia  tenían nuestros seres más queridos.

No solo ante situaciones difíciles o entornos dolorosos  puede una persona  querer anestesiarse buscando refugio en la comida, cualquier momento que haga que la persona se sienta desmoralizada o estresada puede provocar que quiera aliviar su ansiedad cayendo en un “comer emocional” pretendiendo erradicar de la mente problemas, preocupaciones y carencias llegando a adoptar hábitos poco saludables o incluso verse envuelta en trastornos alimentarios.  No dijo alguien una vez que “las penas con pan son menos penas”…

Sin embargo, esta respuesta no es la misma en todas las personas. Es más, en algunas puede ser la opuesta, alguien puede comer mucho cuando esta triste  y a otra persona sucederle todo lo contrario: “no caberle bocado”.

 

Así lo hemos aprendido… Y entonces cabria preguntarse ¿así lo trasmitimos? ¿Hasta qué punto tenemos que ver nosotros  padres  y madres en la forma de comer de nuestros hijos e hijas?

Ahora somos  conscientes que no todo lo que esta detrás del comer es hambre y también sabemos que los patrones alimentarios pueden heredarse, también el hábito del comer emocional se imita y puede aprenderse. A esa criatura que se aburre y no nos deja disfrutar como adultos, a esa que llora y molesta y no sabemos ni por qué lo hace ni como calmarle, a esa que ha hecho un esfuerzo importante llegando la primera a la meta, a esa que ha sacado buenas notas, a esa que en estas situaciones y muchas otras se le da una chuche o un dulce crecerá entendiendo la comida como consuelo y recompensa.

 

Y, claro, te preguntas ¿Cómo podemos evitar utilizar la alimentación para calmarnos y premiarnos si estamos asociando inconscientemente nuestro estado anímico y muchas situaciones con la comida?

Haciéndonos conscientes de que la comida brinda placer y es un desestresante pero que no soluciona nuestros problemas, sólo los calma temporalmente y puede perjudicar y mucho nuestra salud. Se puede aprender y enseñar a disfrutar de la comida por el mero hecho de nutrir nuestro cuerpo y no como sustituta de otra cosa.  Para ello hay que buscar otras actividades placenteras como son leer, escuchar música, bailar, pasear, charlar  y estaremos creando un  hábito más saludable.

Y ¿si es nuestro  hijo o hija? Lo mismo, hablando sobre sus inquietudes, escuchando con amor y ayudando a gestionar sus emociones podremos calmar su hambre emocional.

Y no hace falta que reprimamos nuestros deseos de comer por placer, disfrutar de una preparación sabrosa y cargada de emociones de vez en cuando también es sano. Podemos aprender a  establecer un equilibrio entre emociones y comida,  partiendo y entendiendo que esa historia emocional que ha tardado una vida en gestarse o, que se esta gestando todavía, es parte importante de lo que pensamos, sentimos y hacemos en nuestra vida  y que todo esta involucrado entre si…Seria difícil decir qué  de lo que vivimos y sentimos en nuestra infancia tiene que ver con lo que elegimos, hacemos y sentimos hoy pero lo que si podemos decir sin dudar es que las dificultades con la comida hablan de nuestro mundo emocional y son síntomas que pueden estar avisándonos de la existencia de algún conflicto interno.

Detenernos a pensar lo que nos ocurre, lo que sentimos y ponerle palabras, puede ser de gran ayuda ya que entenderemos qué desencadena la conducta de comer emocionalmente y podremos empezar a dar los pasos necesarios para dejar de hacerlo. Modificar las rutinas que podrían ser perjudiciales y hasta optimizar nuestros hábitos alimentarios.

Con placer y sin culpa disfrutemos de mimarnos, de querernos, de sentir altos y bajos y  de comer al margen de esto. No es fácil “desaprender” los patrones de comer emocionalmente pero solo con querer hacerlo podemos hacerlo posible.

 

Gracias por la visita y por tu interés,

Rocío Martín

Ver más: Diario de Navarra. Emociones y Pucheros.

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